Ayer, hoy y siempre.

 

Ayer, hoy y siempre

Tres palabras que para cualquiera pueden significar poco, pero en nuestra vida lo simbolizan todo. A lo largo de mi vida, nunca he creído en el destino, no al menos en la forma típica. Siempre he pensado que nuestro destino está marcado por las decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida y somos nosotros los únicos responsables de los caminos que toman nuestra vida.

Pero esa percepción cambió contigo. Y es que han pasado tantos años que volvernos a encontrar no parece una cuestión de suerte o azar, parece que todo se haya orquestado en estos años de ambos lados para que estuviésemos en el momento adecuado en el sitio adecuado.

En el ayer me preguntaba por qué. ¿Por qué me pasa eso? ¿Por qué me sale esto mal? ¿Para qué han servido esos años de tu vida dedicados a cosas o personas que no merecen la pena? Todo lo que ocurrió nos dirigía hacia ese momento y, a pesar de las malas experiencias de todo lo que pasó en nuestra vida antes, de no haber pasado por esas circunstancias, no hubiésemos sido quienes éramos en ese momento. Y digo quienes éramos en ese momento porque al final, todo te cambia, te aporta o te ayuda a corregir partes de uno mismo con las que no estás contento o cómodo. Al fin y al cabo, cuando nacemos, lloramos y pataleamos porque nacemos con los cables sueltos. A lo largo de nuestra infancia, nuestros padres intentan unir todas esas conexiones. En nuestra adolescencia, por rebeldía, desconectamos esos cables y los conectamos como nos parece y esos cables se pasan toda nuestra juventud haciendo cortocircuitos y soltando chispas.

Hoy te das cuenta de que esas conexiones están mal hechas y vuelves a los valores que un día nos enseñaron de pequeños. Y vuelves a prestar atención a todo lo que te rodea, a entender por qué no tienes razón. Vuelves a descubrir a tus padres, entender sus inquietudes, emociones y miedos. Y te das cuenta de que es difícil contentar a todos, hacerlo todo bien e intentar transmitir el amor y el sentimiento. Es un proceso de crecimiento, interior y exterior, que te hace entender quién eres y de dónde vienes y conocerte mejor a ti mismo y saber qué quieres en tu vida.

Por eso, ahora que sé quién soy miro esta pulsera de plata y sé que siempre seré, sé que soy tuyo, y siempre fui tuyo. Incluso cuando aún no lo sabía.

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